En los comienzos del siglo XV cuando aún los árabes ocupaba una buena parte del sur de la península ibérica un país de cultura y religión musulmanas se estaba convirtiendo en una potencia y a la larga, podía llegar a ocupar el lugar dejado en un tiempo lejano por el Califato de Córdoba y someter a los diferentes reinos cristianos peninsulares.
Era el imperio turco que en aquellas fechas parecía realmente imparable tras las espectaculares victorias sobre el ejercito de la confederación balcánica en Kosovo (1389) y sobre los cruzados en la batalla de Nicópolis (1396) lo que le permitió ocupar la mayor parte de los territorios que pertenecían al caduco Imperio de Bizancio sometiendo tanto la casi totalidad de los Balcanes como del norte de África.
Sin embargo, el avance en la zona de Anatolia fue radicalmente detenido por un pueblo que procedía de las estepas centrales de Asia. La gran batalla se dio en las cercanías de Ankara, en 1402 y el desastre del ejército turco fue tan enorme que incluso cayó prisionero el propio Emir Bayaceto.
Era el imperio mongol que tenía un extraordinario ejército comandado por Timur Lenk a quién nuestro cronistas le llaman Tamerlán y que había establecido su capital en Samarkanda.