...:::Glorioso Mester:::...

En Madrid
 es y son las

Desde mayo de 1993 a iniciativa de un grupo de numerosos asociados al Glorioso Mester y bajo la presidencia honorífica del prestigioso y eméterico periodista de turismo Tanis Bernard, surge en el seno de esta Asociación un club añejo a la misma en el que todos sus componentes son asociados al Glorioso Mester y entre sus fines es dar a conocer el buen yantar  a lo largo y ancho de nuestra geografía entre otros menesteres.

Usuarios online
 
¿Quiénes somos?
¿Qué es el Glorioso Mester?
Estatutos de la Asociación
Organigrama de la Asociación
¿Te interesa ser socio?
Album de fotos
Publicaciones
Recortes de prensa
        
Gloriosa Gaceta del Mester
Entrar a la Gaceta
Presentación
Redacción
Publicidad
 
Club Glorioso Gourmet
Hablando de Buen Yantar
Comentemos sobre Caldos
Restaurantes
Catas de Vinos
 
Lugares y Rutas
Madrid
Hoces del Riaza
Turismo Interior
Turismo Cultural
Lugares de Interés
Turismo de Naturaleza
Ruta Jacobea Madrileña
 
Actividades
Actividades Realizadas
Convocatorias
 
Encuestas
Perfil del Visitante
Encuestas Turísticas
 
Ntro. Contacto Interactivo
Establecer página de Inicio
Libro de Visitas
Foros Gloriosos
Chat de Turismo
Pide lo que quieras
La Página del Socio
Contacta con nosotros
Descargas Multimedia
 
Oficina Laboral de Turismo
Ofertas
Demandas
 
Enlaces de Interés
Enlaces de Interés
Página recomendada del més

 
 

GATO ASADO COMO SE QUIERE COMER

 

El gato que este gordo tomarás y degollarlo has, y después de muerto cortarle la cabeza, y echarla a mal porque no es para comer que se dice que comiendo los sesos podría perder el seso y el juicio el que la comiese Después desollarlo muy limpiamente y abrirlo y limpiarlo bien, y después envolverlo en un trapo de lino limpio y soterrarlo debajo tierra donde ha de estar un día y una noche, y después sacarlo de allí y ponerlo a asar en un asador, y asarlo al fuego, y comenzándosele de asar untarlo con buen ajo y aceite, y en acabándolo de asar azotarlo bien con una verdasca, y esto se ha de hacer hasta que este bien asado, untándolo y azotándolo y desque este asado cortarlo como si fuese conejo o cabrito y ponerlo en un plato grande, y tomar del ajo y aceite desatado con buen caldo de manera que sea bien ralo, y echarlo sobre el gato y puedes comer del por que es muy buena vianda

 

Aunque nos parezca una barbaridad, únicamente se encuentra algo así en este libro, pues dentro de la cocina madrileña nos hemos hallado una extraña receta, que no es de maese Ruperto de Nola, si no del pícaro Estebanillo González, que a partir de un relleno de huevo colmaba toda la ensoñación gastronómica de su andorga siempre ávida y nunca repleta:

 

Un huevo ha de estar dentro de un pichón, el pichón dentro de una perdiz, la perdiz dentro de una polla, la polla dentro de un capón, el capón dentro de un faisán, el faisán dentro de un pavo. el pavo dentro de un cabrito el cabrito dentro de un carnero, el carnero dentro de una ternera y la ternera dentro de una vaca Todo esto ha de ir lavado, pelado, desollado y lardeado, fuera de la vaca, que se ha de quedar con su pellejo y cuando se vallan metiendo unos en otros como cajas de ingletera, porque ninguno se salga de su asiento, ha de ir el zapatero cosiendo a dos cabos, y estando zurcidos pellejo y panza de la vaca, ha de hacer el sepulturero una profunda fosa y echar en el suelo de ella un carro de carbón, y luego la dicha vaca, y luego ponerle encima otro carro y darle fuego cuatro horas, poco más o menos, y después sacándola, queda echo todo hecho una sustancia y un manjar tan sabroso y regalado, que antiguamente comían los emperadores el día de su coronacn. Por cuya causa, y por ser el huevo la piedra fundamental de aquel guisado, le daban por nombre Relleno Imperial Aovado”

 

Ingeniosas receta de quien nunca, con seguridad, paso del huevo

 

Como es de suponer pocos peces frescos llegaban de la costa que comían los cortesanos y burgueses privilegiados y que hoy no soportaría el olfato, y a distancia de cien metros el estómago del más aguantador.

 

El pescado que normalmente, y mayoritariamente, se consumía llegaba ahumado, seco o en salazón único medio de conserva hasta entrado en siglo XX. Lo que se dice pescado fresco, y con reserva, procedía de los ríos como truchas, carpas, barbos, algún salmón por añadidura, y productos de otras regiones que poco a poco comenzaban a influir en la dieta y gastronomía capitalina.

 

El consumo de carne (carnero y vaca principalmente) a precio tan soberbio como el pescado, se efectuaba trayendo a la res viva hasta el matadero donde se sacrificaba favoreciendo a la población, quien pudiese permitírselo, que podía adquirir tales viandas en un buen estado de conservación a pesar de los mencionados precios. Y cuando hablamos de "viandas" lo hago en su antigua acepción, o sea carne, pues este término desde hace algunos lustros lo aplican a cualquier alimento  De lo del capitulo de higiene era como dejarlo para comer aparte, de ello un documento de protesta de vecinos de Lavapiés y zonas colindantes al matadero nos da una pequeña idea:

 

“Los vecinos que moramos en los barrios y contornos del matadero y Lavapiés, vecinos que en el verano pasado el doctor Arévalo y otros médicos condoliéndose de las grandes enfermedades que en estos barrios había, y vistas las causas de que procedían que eran de las muchas inmundicias  que de los mataderos y rastro y arbañales de las tenerías que por los arbañales echan y echaban y especialmente el mal olor de la casa del pescado por ser tan hundida que está en un barranco ni tener agua de paso, que con la mesma agua que echan se están toda la semana por ser agua de pozo y tener tan poca agua como tiene, que cuando vacían los arbañales de la dicha agua del pescado es tan grande el hedor que sale de la dicha agua que basta inficionar todo el pueblo y se halla por experiencia que cuando llevan el pescado los viernes a la plaza, los pescados por donde pasan es tan grande el hedor que cierra las ventanas y ansí es cosa que esta villa con mayor ayuda ha de remediar, como ha remediado las cosas y comparecer de los médicos, como tengo dicho, se dio una petición a los señores de la Junta, la cual vista se remitió al señor corregidor, para que luego lo remediase y ahora sea dado un pregón para remediar lo susodicho, a vuesa señoría pedimos  se remedie de manera por los cuales se remedie la salud de este pueblo.”

 

Las carnes y pescados putrefactos no eran eliminados, el nacional catolicismo y la consabida “piedad cristiana” aconsejaba en lugar de eliminarlo utilizar dichas viandas:

 

Inservible para el mercado se destinaba para darlos a algún hospital o cárcel, utilizando un singular criterio de calidad, del que por desgracia queda algún resabio en muchas personas”

 

Por eso no debemos creer que las pías labores caritativas eran del mismo modo, cuando en 1615 se crea la Ronda de pan y huevo, dependientes de la Hermandad de Refugio y Piedad financiada con limosnas, dicha ronda recorría de noche las calles de la capital recogiendo enfermos y pordioseros entregando a hambrientos necesitados “un zoquete de pan y dos huevos duros”, pues Madrid albergaba según le correspondía por rasgos capitalinos centenares de mendigos, rufianes, jugadores, desheredados y lazarillos en busca de ciego que les mantuviese. Otra cofradía llamada la de “Pecado Mortal” recorría posadas, mesones y casas de dudosa reputación en vez de calmar hambres dar más hambre buscando lascivos lujuriosos  que buscaban carne de otro tipo y entregarlos a los corchetes.

 

Al amanecer el siglo XVIII tras la guerra de sucesión que acaba con el reinado de la Casa de Austria pasa el relevo a   la francesa de los Borbones que infunden nuevos cambios en la sociedad, costumbres y usos matritenses, los edificios cambian de fisonomía elevándose desde la planta única a tres pisos de altura; se construye un nuevo Palacio Real en el sitio que  albergó al Alcázar al ser destruido por el incendio de 1734, llevándose a cabo una verdadera remodelación de la ciudad mas al gusto francés de la época;  nuevas fuentes como Cibeles y Neptuno aportan algo diferente a lo que ya existía, dando una fisonomía diferente al Paseo del Prado. Se suprime la costumbre que al grito de ¡Agua va¡ las dueñas sin miramiento arrojaban aguas sucias y orines por las ventanas sorprendiendo a mas de un transeúnte.

 

Cualquier esquina, zaguán o portal es candidato, como costumbre, a mingitorio o evacuatorio; según se cuenta del polémico Quevedo, que, como tantos, tenía un lugar fijo, a horas trasnochadas, en su retiro de vaciar la vejiga en cierto zaguán, entonces el propietario del mismo, al igual que otros colocaban crucifijos e imágenes sagradas para persuadir de tal hábito, fijó un crucifijo sobre la puerta; de poco sirvió tal símbolo conminatorio ya que el satírico don Francisco siguió con sus habituales menesteres de las micciones en dicho lugar, por lo que un día encontró bajo el crucifijo una nota que decía:

 

- ! Donde hay crucifijos no se mea¡

 

A lo que este escribió debajo:

 

- !Donde se mea no se ponen crucifijos¡

 

  Las fondas, posadas y casas de huéspedes sufren un notable incremento que impulsan la gastronomía madrileña; se suceden motines, como el de Esquilache, aquel ocurrido por la orden de acortar capas y convertir el sombrero de ala luenga en el de tres picos, que entre otros males dejan casi desabastecida la población fomentando el estraperlo.

 

Hay crónicas de la época que nos reflejan la triste realidad de la falta de higiene en ventas, casas de huéspedes y sobre todo las tabernas, las moscas proliferan siendo causa de transmisión de múltiples enfermedades y es habitual verlas flotar nadando en el vino de los vasos para poner remedio surge un real decreto, por el que se ordena que en todos los establecimientos que dispensen vino deberán estar provistos de unas tapaderas que se coloquen sobre la parte superior del vaso impidiendo que los alados penetren en el recipiente. Y se cumplió, y vaya como, evoluciono de tal modo que sobre la tapa se colocaba algo sólido comestible, o simplemente como tapadera se utilizaba una raja de embutido; quien iba a decirnos que el origen de la tapa o aperitivo fuera por motivos de higiene.

 

No hay madrileño que no lo tenga a orgullo en   ver algo normal, siempre que demande su vino o cerveza en cualquier bar o taberna que le sea servida acompañada de su consabida tapa,  mas que extrañándose, molestándose cuando no ocurre así. Desde la más modesta aceituna al más generoso y sofisticado pincho el cliente le ha exigido como si de una obligación del establecimiento se tratase; al parecer después de mas de tres siglos la ordenanza hizo costumbre y esta hizo ley.

 

Mientras en ciudades como Sevilla, Huelva, Jaén, Ávila, Baeza, Úbeda o Granada (y otras omitidas por olvido)  se puede afirmar sin errar en absoluto que tras algo mas de un par de rondas se puede haber comido o cenado con las tapas ofrecidas, o al menos se han quitado las hambres, y de eso algún Glorioso mas puede dar fe.

           

Apenas 160 Km. separa esta última ciudad de la vecina Córdoba que suponen una notable diferencia pasando de la abundancia a la escasez, y a la realidad me remito. Siguiendo este, nefasto, ejemplo tomemos otro muy común; verbigracia en la costa levantina recorrida de norte a sur donde es igualmente poco, o nada, proclive a continuar,  o comenzar, con la dulce tradición de aquel decreto higiénico alimenticio decretado por el hijo de doña Isabel de Farnesio.  Y resulta chocante que en zonas típicamente turísticas de veraneantes, a juzgar por las matriculas (de las de antes) de los vehículos que circulan y aparcan, que un 90% provienen de la Villa y Corte los cuales tienen que resignarse a la cuaresma taperíl o pagar soberbiamente minúsculas raciones dignas de liliputienses.

 

Valgan estos datos para reafirmar mas la calidad, el gusto y la generosidad madrileña en su gastronomía, aunque solo sea en el tapéo hermana menor de la buena mesa.

 

 

 

EL OCASO DE LA ILUSTRACIÓN

 

N

o debemos pensar ni por un momento que a Madrid se han importado platos franceses, salvo en restaurantes así denominados. Nada mas lejos de la realidad; por mucha mentalidad afrancesada no podemos distraer la autenticidad de que ha sido justamente al revés inclusive en la francesada de principios del XIX las tropas gabachas no solo realizaron su particular expolio, también recopilaron cultura gastronómica de nuestra geografía.

 

Haciendo un poco de historia, sobre el plato conocido como Olla Podrida que daría origen al popular y afamado Cocido, era llamado por los judíos españoles Adafína, y lo preparaban el viernes por la noche para respetar el Sabat, ya sería en el siglo XVI cuando los franceses copiaron la denominación Pot Pourri (Olla Podrida que no Olla Poderosa como era su denominación original).Por tanto los orígenes del cocido, claro está sirviendo como base este preliminar, datan de una notable antigüedad, hay quien publicó alguna cifra con seis ceros detrás en cuanto a años se refiere.

 

 Hasta no hace mucho tiempo fue muy curioso oír en voz popular los efectos nocivos contra la salud del aceite de oliva e inclusive que comportaba riesgos cancerígenos, ante ese absurdo hubo quien cambió los hábitos por las mantequillas, sebos y e insanas grasas animales elevando por tanto su nivel de colesterol, pero todas las aguas vuelven a su cauce y el aceite rey volvió a su trono, a pesar de lamentables incidentes como el penoso de 1980 causado por el famoso aceite de colza.

 


 


Nunca veremos dentro de la cocina francesa las exquisitas angulas, ya que los gourmets del país galo no admiten que se preparen con el “asqueroso” aceite de oliva; lo que me da que pensar en lo contradictorio que supone el detalle de que casi todo el mercado olivarero español esté en manos de multinacionales francesas, no deja de ser paradójico.
Un placer que se pierde mas de uno en la tostada de pan candeal untada con ajo de Chinchón y regada con un chorro de aceite de oliva virgen, por poner un ejemplo.

 

 

 

 

 

 

Y volviendo la conocida invasión francesa y concretamente en un documento de la época se relata una cena de campaña de un regimiento en tierras extremeñas cuando prepararon brochetas de carne ensartadas en ramas y preparadas al fuego. Los efectos negativos que produjo tal cena ninguno pudo contarlo, lo que la guerrilla y ejercito regular español no consiguió lo hizo esa famosa cena ya que no repararon en que las ramas donde habían insertado los tasajos de carne eran de adelfa, planta de efectos venenosos.

 

Sin quererlo los gustos románticos de finales del siglo XIX se dejan notar en Madrid y surgen clásicos restaurantes de buen gusto y mejor comer, se fomenta la típica cocina madrileña, regional e internacional. Nace un restaurante que todavía mantiene su actividad en la Carrera de San Jerónimo, Lhardy, que hizo las delicias de los pudientes de la época y a pesar del paso del tiempo jamas perdió su rancio estilo y calidad, se le puede considerar como el padre de los restaurantes de Madrid y sirve el cocido más aristocrático de la capital conocido como Cocido de tres vuelcos y unos callos a la madrileña sin parangón, una discreta cocina francesa e internacional  es la tónica repostera de este establecimiento sin olvidarnos de la cuidada pastelería.

 

Pero no estaban los restaurantes al alcance de cualquiera, para muchos ni las comidas de taberna, aparte hay que destacar la mala calidad de muchos alimentos debidos al fraude y adulteración de los mismos, una crónica de la época nos relata:

 

“Se cobra todos los días doce personas víctimas de los comestibles adulterados, y el que desea suicidarse ya no tiene necesidad de disolver fósforos en aguardiente, ni de dar el salto desde el Viaducto, ni de apelar a la tan reputada pistola; lo que debe hacer es comprar un cuarterón de boquerones, comérselos sin pan y meterse después en la cama, donde irá a buscarle la muerte a la media hora”.

 

El fraude más evidente eran los conocidos kilos de 800 gramos, que curiosamente llega hasta nuestros días, que junto con la ya mencionada adulteración y putrefacción de muchos alimentos ponía cada vez mas en tela de juicio la calidad alimentaria de la capital que por esa época se había convertido en la ciudad mas cara de Europa.

 

En 1864 el periódico “El Clamor Popular” insertaba las siguientes palabras:

 

“En algunas carnicerías, situadas por lo general en barrios extremos de Madrid, se vende la carne, si bien cobrando la libra a dos cuartos menos que el precio corriente, renegrida, blanda, de mal gusto y próxima a la putrefacción, pues se conoce que es la que no ha podido venderse en los mercados principales y cuenta ya tres, cuatro, o mas días desde que salió del matadero (...), es muy extraño que se tolere un fraude cometido diariamente con tanta publicidad, y que puede ser, como lo ha sido repetidas veces, muy perjudicial a la salud”.

 

Mas no iban a ser todos semejantes desaguisados, quien podía permitírselo, que eran más de los que se piensan, lo de comer bien o al menos en condiciones lo llevaba estupendamente de hecho la proliferación de establecimientos restauradores daban testimonio de no faltar comensales.

 

Botín, que tenía su Hostería en la Plaza de Herradores fundada en 1626, fue el primer establecimiento de verdaderas características de esta especialidad, era asaz concurrida, después  su sobrino se establecería con sus asados en el lugar que todavía continúa su actividad gastronómica próxima a la Plaza Mayor y el Arco de Cuchilleros. Serrano, la Gran Vía y otras calles principales, igualmente, cuentan con excelentes establecimientos que compiten internacionalmente con la cocina foránea.

 

Hay quien insiste que Madrid, como ciudad cosmopolita, goza de todo tipo de cocinas, los restaurantes de cocinas regionales fueron fundados, mayoritariamente, por oriundos de las provincias y regiones correspondientes a tal especialidad; pero estos no vinieron a Madrid a poner un restaurante, vinieron a vivir, lo del negocio restaurador surgiría posteriormente como forma de ganarse la vida lo mismo que la cocina internacional tal y como en la actualidad podemos encontrar en esta gran oferta gastronómica.

 

Siempre la Villa y Corte gozó de sus platos típicos como lo demuestran los últimos cuatro siglos de la historia del yantar madrileño, es cierto que influencias de la cocina manchega  denotan dichos platos mas su apellido de “a la madrileña” le confiere ya señas de identidad nada bastardas. Esas especialidades de la cocina capitalina de las que se hacen referencia estriban en ingredientes poco costosos y muy elaborados, los callos un modo de conquistar por el estómago y no por el corazón, las migas, los caracoles, las judías y el plato estrella: El cocido; plato que toda la Península lo conoce y elabora, cada una con su toque especial, sea montañés, maragato, manchego, castellano, gallego..., pero en Madrid goza de una bien merecida veneración afamada y no es por el susodicho apellido, lo principal son dos de sus ingredientes, los garbanzos, denominados también gabrieles o trompos, que bien pueden ser los pequeños Pedrosillanos o los normales y mantecosos de Fuentesauco y el agua, como suena, que al ser el agua de Lozoya poco dura y carente de cal se asemeja casi al agua de lluvia que facilita su cocción dándole el sabor adecuado y característico, el repollo, las judías verdes, la zanahoria, la carne de morcillo, el chorizo, morcilla, tocino entreverado, la “pelota de relleno” pone la guinda al hermano mayor de la gastronomía típicamente capitalina. Luego el modo de servirlo: la sopa, desde la sopera, bien de fideos, arroz o de finas lonchas de pan, los garbanzos con su patata y verdura y las carnes bien troceadas; tres platos diferenciados que se convierten en único.

 

Existen opiniones, que también tienen que existir, acerca de los ingredientes que deben componer el cocido, hay solo una versión, que es la descrita en el recetario, para denominarle cocido madrileño, hay quien por añadir le pondría hasta cangrejos de río; esto sería un manifiesto insulto a nuestro plato al igual que, equivocadamente, se hace con la paella que para la mayoría, sin ser así, dicen que admite de todo, hasta le añadirían angulas si fuese por ostentación; mas no nos equivoquemos el cocido,  al igual que la paella, lleva lo correcto y si algo hay que quitarle que sea por problema “de bolsillo” y nunca de gustos u opinión. Hay que dejar claro que en su cocción es pecado mortal incluir el ajo y la cebolla. Por tanto se puede hacer el cocido de cualquier manera, que no dejará de ser cocido, pero el Cocido Madrileño, solo lleva lo que lleva.

 

La eterna discusión sobre si es manchega o madrileña la Gallina en Pepitoria seguirá repitiéndose a pesar de conocerse los orígenes de la cocina capitalina, eso ya mas que opiniones son gustos pues se come del mismo modo y se traga por el mismo sitio en ambos lugares, por tanto sobra la susodicha polémica.

 

Y si hablamos de productos de casquería, como en el caso de los callos, no debemos olvidar aquellas freidurías de “gallinejas”, esas tripas de cordero troceadas y fritas, hermanas menores del liado y retorcido zarajo conquense, a pesar de que muchos entendidos mantienen que las susodichas tripas deben ser de gallina. Esta costumbre de utilizar los “despojos” cárnicos no tiene otro origen que la economía y su fama obedece a la elaborada condimentación.

 

Los babosos caracoles, que tras una larga cuaresma  y exhaustiva limpieza solo falta devorarlos con la ayuda del mondadientes para que al final actúe la “brigada de mojapán”. Opiniones de remilgos y escrúpulos, al igual que con los callos y las gallinejas, existen; pero no existen dichos “ascos” con el menos conocido en España “escargotte” y preparado a la bourguiñón, cuya única diferencia está en el gigantesco caparazón de este comparado con el de su hermano pequeño el caracol español. Ante la gran demanda de estos babeántes gasterópodos se han recurrido a nuevas tecnologías de producción y existen granjas criadero que mediante novedosas jaulas y celoso cuidado se cubren las necesidades de la mencionada demanda de este  creando una actividad denominada helicicultura, asaz rentable por cierto, que se encarga de la reproducción de este molusco gasterópodo y hermafrodita. Ya lo que es tecnología punta, es el método de lavado para cantidades industriales que lo realizan en una lavadora automática, así como suena, y lo del sonido es el que producen las conchas del acorazado animalito sobre el acerado tambor.

 

Esas planchas enormes del pescado “fósil” que es conocido como bacalao en salazón bien troceadas rebozadas y fritas que ha popularizado y especializado en su elaboración Casa Labra, en la madrileña calle de Tetuán, son conocidas con el nombre  de Soldaditos de Pavía. Y nos preguntaremos ¿Qué tiene que ver tal denominación para ser un plato típicamente madrileño?. Sencillo: albergaba el Cuartel de Conde Duque un regimiento de Húsares de Pavía y el color de su “descolgada” casaca amarillenta, asimilaba al color de tal manjar, por tanto se le dio tal apelativo a nuestro amigo salado de los mares del norte preparado de tal modo. Posiblemente el bacalao en salazón que los maragatos iban a buscar a los puertos del norte, curaban, salaban y vendían en Madrid fuese el primer pescado marino que conocieron los madrileños.

 

Pese a que no solo de pan vive el hombre, no debemos caer en el error al ignorar que Madrid producía el mejor pan, y celebridad tenía el de Vallecas donde se ubicaban las mas afamadas tahonas. Crónicas de ancestrales nos relatan grandes carros cargados surtiendo desde la Villa de Vallecas pan a la corte; y penalidades al querer vadear el Arroyo Abroñigal que en crecidas se hacía casi imposible costando el viaje mas de un ahogado.  Al fin se evitaron estas calamitosas situaciones cuando se construyó el desaparecido Puente de Vallecas que se ubicaba en la M-30 en el lugar que ahora ocupa el actual paso elevado pero de menos altura y dispuesto en la unión de la Avenida Albufera y la de la Ciudad de Barcelona (antigua calle Pacifico.) .

 

Sobre la calidad del pan ni que decir tiene el aprecio que existía entre propios y foráneos, mas cuanto se utilizaba como “quitahambres” ya en 1788 nos dice una crónica:

 

“El mejor pan que se comen un ovispo o un titulo en provincias, lo desprecia en Madrid un zapatero”  

 

Si, parece que el estómago se convierte en vicio digamos que una  ciudad como Madrid es proclive a todos ellos. Ya por el año 66, de 1900 claro, don Emilio de la Cruz y Aguilar, maestro de tunería de buen tañer laúd, libar, trasegar y amigo de buenos ocios y consolidado en cátedra, nos refleja una realidad de hace mas de cuarenta años que demuestra una vez mas que si el madrileño es “de calle” en lo del yantar  sabe en demasía, pues aunque se demuestre lo contrario el español mas goloso y glotón es el madrileño, misterio fermoso aqueste.

 

Y como decimos, no solo es el comer, según don Emilio de la Cruz y Aguilár, en su LIBRO DEL BUEN TUNAR, sin libar y gozar de los ocios mundanos de aquesta ciudad capitalina sería padecer una incipiente orfandad sin tal complemento. Todo sea cuestión de opiniones:

 

  

 

                                                  

                                                        ◄   

                                                         1 2 3 4 5